Lecciones de la tragedia de Surfside, Miami.

   ¿Quien podría tener la suficiente capacidad de imaginar que, lo sucedido durante la madrugada del jueves 24 de junio, al derrumbarse un edificio de 12 pisos en Miami, Estados Unidos, pudiera pasarnos a nosotros?

    La mayoría de los residentes dormía cerca de las dos de la mañana y muy probablemente no alcanzaron a comprender el colapso, que en cosa de minutos dejó en el suelo la estructura de mas de 40 metros de altura. Las labores de remoción de los escombros durarán al menos 20 días, en medio de la desesperanza de los sobrevivientes y familiares de los desaparecidos. La industria de la construcción en Norteamérica es reconocida a nivel mundial por las exigentes normas que regulan tanto el diseño como la ejecución de las obras, aunque la tragedia de la avenida Collins tiene precedentes, según la cronología de otras desgracias similares, según reporta la prensa. A la distancia, solo podemos especular hipótesis respecto de las causas del siniestro que se conocerán a medida que progresen los estudios que realizarán especialistas y autoridades locales.

   A partir de este dantesco accidente, es preciso que nos preocupemos de revisar como están las cosas en Chile, respecto de las edificaciones en altura las que una vez recibidas por las respectivas direcciones de obras municipales, quedan a la suerte del destino. Ello por que en nuestro país no tenemos la cultura de mantenimiento que debemos hacer en nuestras casas o departamentos, salvo que se produzcan fallas o imprevistos que si no podemos resolverlos por nuestros medios, terminan en manos de «maestros chasquillas», quienes con artes propias, resuelven el desaguisado … y sería todo.

   Debemos aceptar que el derrumbe del edificio Champlain Towers South Condo, de Miami, constituye un muy  cruel llamado de alerta para todos quienes residimos en comunidad vertical, sin excepciones. Empecemos por reconocer que, en Chile, no existen disposiciones oficiales que obliguen a los habitantes de un edificio, a realizar revisiones a cargo de especialistas externos, que garanticen que podemos seguir durmiendo tranquilos en nuestros departamentos.

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   En la actualidad, existen técnicas adecuadas y seguras para auscultar el «estado de la salud» de las construcciones, que aseguran un alto grado de acierto en los diagnósticos y evaluaciones, así como para ofrecer recomendaciones que permitan ejecutar reparaciones adecuadas y oportunas a cada requerimiento, sea estructural, de instalaciones o en terminaciones. Tales peritajes deben incluir recintos comunes, piscinas, jardines, bodegas, estacionamientos u otros. Todo es revisable o reparable. Algunos defectos o fallas se observan a la simple vista, otros deben auscultarse, por profesionales especializado y con instrumental adecuado, tal como cuando visitamos al médico. Desde hace más de 30 años que la construcción nacional dispone de inspectores técnicos que intervienen en la supervisión durante la construcción de las obras. Estos mismos profesionales, con la debida capacitación, quedarán en condiciones de inspeccionar con propiedad los inmuebles con diez o más años de antigüedad.

   Hasta ahora, en nuestro medio, solamente existe la obligación de realizar revisiones mensuales del estado de los ascensores y cada dos años, de las instalaciones de gas (sello verde) y nada más, lo cual resulta insuficiente en tanto no se exige inspeccionar las estructuras y demás componentes de los edificios viejos. Los sismos de magnitud importante, la contaminación atmosférica, el mal trato y desatención de los propios inquilinos, provocan daños de diversa consideración en los inmuebles, los que se deben detectar y reparar con procedimientos y técnicas probadas, con el compromiso además de volver a revisarlos con la mayor frecuencia posible. Así lo exige al menos la legislación española, que obliga a los condominios a contratar cada cierto tiempo, la inspección profesional de las edificaciones a partir de los 25 años de recibidas por la autoridad. Algo parecido lo encontramos en la legislación mexicana y, según se ha conocido ahora, en Miami con frecuencia de cuarenta años.

    En Chile, aunque no tenemos huracanes o fenómenos naturales tan devastadores como los que observamos regularmente en las noticias del mundo, las principales «pruebas de fuego» para nuestras construcciones las constituyen los terremotos de gran magnitud, por lo que las normas y ordenanzas han dispuesto severas restricciones y exigencias que se deben cumplir en las etapas de diseño y construcción para que, principalmente los edificios en altura, soporten con eficacia tales eventos. Lo sucedido en Miami, cuyos dramáticos pormenores mantienen acongojados a toda la humanidad, debe motivarnos para que revisemos los estándares de nuestro país en esta materia. No es preciso esperar que se promulguen leyes «ad hoc», sino que debemos comenzar, desde ahora, a preocuparnos y ocuparnos de atender esta ineludible responsabilidad consistente en evaluar que tan cuidados y seguros están nuestros edificios. Ello será el mejor testimonio de haber comprendido, en toda su terrible dimensión, que en nuestro medio debemos prevenir la ocurrencia de estos eventos a partir de haber conocido experiencia tan dolorosa como la que hemos reseñado en esta nota.

Luis Ricardo Peña
Editor de Contenidos
Imágenes, Gentileza de Emol.com

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